CATAMARCA: ENTRE LA REALIDAD Y LA FANTASÍA LIBERTARIA
Esto pasa en Catamarca.

Sí, en Catamarca. En esa provincia que muchas veces aparece en el mapa nacional solamente cuando hay elecciones, un escándalo, una causa judicial o alguna rareza política que termina circulando por las redes.
Pero esta vez no fue una elección ni una denuncia. Fue una entrevista.
Y, sin embargo, por momentos pareció una escena salida de la política nacional.
Un diputado provincial de La Libertad Avanza, Carlos Aibar Quintar, habló con absoluta naturalidad de Adrián Brizuela. No dijo simplemente que era un buen dirigente. No dijo que era un referente. No dijo que era uno de los hombres más importantes del espacio.

Dijo que para los libertarios catamarqueños, Brizuela es un prócer.
La frase pasó rápido por la pantalla, como pasan tantas cosas en estos tiempos de videos cortos, recortes y declaraciones que duran menos que una explicación.
Pero quedó flotando.
Porque hay palabras que, cuando salen de la boca de un dirigente político, tienen otro peso.
“Prócer” es una de ellas.
Y quizás ahí comienza lo verdaderamente interesante de esta historia.
No en Brizuela. No siquiera en Aibar Quintar.
Sino en esa extraña necesidad de la política contemporánea de construir una realidad paralela, donde los dirigentes dejan de ser simplemente dirigentes y empiezan a convertirse en personajes.
Héroes.
Ídolos.
Elegidos.
Figuras extraordinarias.
Una política donde ya no alcanza con tener razón: hay que tener una misión.
Donde no alcanza con ganar una elección: hay que estar librando una batalla histórica.
Donde no alcanza con gobernar: hay que sentirse parte de una epopeya.
Y quizás por eso la escena resulta tan llamativa.
Porque mientras el país discute inflación, salarios, jubilaciones, empleo, educación, seguridad y pobreza, en algún lugar de Catamarca un dirigente político puede hablar con total tranquilidad de otro como si estuviera describiendo a una figura salida de un manual de historia.
Y lo dice sin solemnidad.
Sin dramatismo.
Casi como quien cuenta algo obvio.
Ahí aparece la llamada realidad mágica de la política.
No necesariamente porque alguien crea literalmente en la magia. La expresión sirve para describir otra cosa: ese momento en el que la política comienza a construir un universo propio, con sus héroes, sus enemigos, sus símbolos, sus batallas y sus verdades.
Un universo en el que todo parece adquirir una dimensión extraordinaria.
Hasta una entrevista.
Hasta un dirigente.
Hasta una elección.
Y esto tampoco es exclusivamente catamarqueño.
En el universo político de Javier Milei, las referencias a las “fuerzas del cielo” ya forman parte del lenguaje habitual. El propio Presidente ha construido buena parte de su narrativa política alrededor de una batalla que presenta como histórica, casi trascendental.

También están las escenas que alimentan ese universo: el personaje, la estética, el disfraz, el cosplay, las apariciones públicas que mezclan política, espectáculo y una construcción personal que muchas veces parece diseñada más para convertirse en símbolo que para explicar una idea.
Y no hay nada necesariamente malo en eso.
Cada dirigente puede tener su personaje.
Puede disfrazarse.
Puede jugar con una estética.
Puede tener una dimensión religiosa o espiritual.
Puede creer en lo que quiera.
El problema aparece cuando esa construcción empieza a trasladarse al lenguaje institucional.
Porque entonces la fantasía deja de ser solamente una cuestión personal.
Y empieza a formar parte del discurso político.
Aibar Quintar no es un influencer. Es un legislador provincial.
Y Adrián Brizuela tampoco es un personaje de ficción. Es un diputado nacional, profesor universitario y un dirigente que, con aciertos y polémicas, ha construido una presencia política propia.
De hecho, Brizuela puede resultar polémico. Puede incomodar. Puede ser excesivo en algunas de sus expresiones. Pero hay algo que difícilmente pueda negársele: hay una preparación intelectual detrás de su discurso y una actividad legislativa que merece ser discutida desde la política y no desde la caricatura.
Por eso resulta todavía más llamativa la necesidad de elevarlo a la categoría de prócer.
Porque un dirigente puede ser bueno.
Puede ser brillante.
Puede ser polémico.
Puede ser incómodo.
Puede incluso convertirse en una figura importante de una fuerza política.
Pero los próceres son otra cosa.
Los próceres no nacen de una entrevista.
No se nombran en una reunión partidaria.
No los proclama una agrupación.
Los convierte en próceres el tiempo.
La historia.
La memoria colectiva.
Y quizás lo más curioso de todo sea justamente eso: que esta escena haya ocurrido en Catamarca.
Una provincia acostumbrada a mirar cómo las grandes discusiones nacionales suceden lejos, en Buenos Aires, en el Congreso, en la Casa Rosada o en los estudios de televisión.
Esta vez no.
Esta vez la escena está acá.
Un legislador catamarqueño hablando de un diputado nacional catamarqueño como si estuviera hablando de un personaje histórico.
Y alrededor, el ruido de las redes.
Las burlas.
Los memes.
La incredulidad.
La crítica.
Y también algo bastante menos gracioso: la sensación de que detrás del personaje existe una forma de hacer política que necesita permanentemente construir una épica.
Una épica donde ellos son los protagonistas.
Donde las críticas son ataques.
Donde los adversarios son parte del problema.
Donde las propias convicciones adquieren una dimensión casi religiosa.
Y donde la realidad, esa realidad incómoda que no entra en un discurso de campaña, empieza a quedar demasiado lejos.
Tal vez por eso esta escena merece algo más que una carcajada.
Porque podemos reírnos del “prócer”.
Podemos hacer un meme.
Podemos compartir el video.
Podemos discutir si Aibar Quintar exageró.
Todo eso es válido.
Pero mientras nos reímos, conviene mirar la escena completa.
Porque esto pasa en Catamarca.
Y lo que hoy parece una extravagancia, una frase desafortunada o una postal pintoresca de la política libertaria, mañana puede terminar siendo parte de una manera mucho más profunda de entender el poder.
Una política donde la realidad ya no alcanza.
Donde hay que agregarle mística.
Donde los dirigentes necesitan convertirse en personajes.
Y donde algunos parecen haber descubierto que, en política, a veces es más fácil construir una leyenda que explicar la realidad.
Quizás ese sea el verdadero fenómeno que estamos viendo.
No la aparición de nuevos próceres.
Sino la aparición de una política que necesita desesperadamente fabricarlos.
